Sizigia




La Sizigia es el momento mágico en el que la Luna, en su fase de Plenilunio, está directamente en línea con la Tierra y el Sol, entrando en perfecta conjunción, oposición y armonía todos los orbes… el eclipse perfecto… Fue señalado desde tiempos inmemoriales en la Profecía del Fin de los Días, anunciando un apocalipsis cuyo inicio vendrá marcado por el nacimiento de un niño justo en el momento de la Sizigia: Ilsïk de Los Lagos y Asbath.

Desde entonces, los Reyes de Häe, con ayuda de Hrodgar y Moira, acechan tras los muros de Adamón, a la espera del momento idóneo para evitar que se cumpla esta profecía. Y, para ello, no dudarán en arrasar Los Lagos, en un intento de que su dios, el Astro Sol, reine para siempre.

Sin embargo, nadie en Los Lagos es consciente de la letal amenaza que pende sobre ellos. ¿Cómo defenderse entonces? ¿Cómo evitar que el Reino de Häe lleve a cabo sus planes de destrucción si ignoran que el peor de los enemigos ha traspasado sus murallas hasta lo más profundo del reino?

Amor, pasión, traición y un desafío mortal...

Se acerca la Sizigia, la lucha entre las Fuerzas del Bien y del Mal.

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Aquí tenéis los primeros capítulos de la novela.
Que los disfrutéis.

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Capítulo 1

Jordan y Erick se reunieron aquella mañana en el Torreón Sur, tal y como hacían desde que Nicholas desapareció. La primera tarea que abordaban era la de organizar las partidas de hombres y las zonas de búsqueda, no podían dejar ni un palmo de aquel vasto territorio sin revisar, cada recodo del camino, cada cueva, cada lago… Gabrielle no lo sabía, pero habían encomendado a algunos guardias la cruda tarea de buscar el cuerpo sin vida del rey en las aguas de los innumerables lagos del reino. Que Nicholas hubiera muerto era una posibilidad que tenían que aceptar, sobre todo con el paso de los días, por lo que al inicio de cada jornada despedían a los hombres con el corazón en un puño, manteniéndose a la espera de noticias que nunca llegaban.
Ya era el cuarto día que observaban, desde el gran ventanal del torreón, a los hombres desfilar por la vía principal hasta atravesar la gran muralla y reemprender la búsqueda.
―¿Dónde demonios estará? ―murmuró Erick por lo bajo, descorazonado―. No puedo quitarme de la cabeza la imagen de Nicholas, tirado en una cuneta, inconsciente o peor… muerto.
―No lo digas, Erick ―rezongó Jordan a su lado―. No hace falta clamar a Deati su presencia. La Señora de la Muerte ya lleva a cabo su infame labor sin necesidad de acicatearla con nuestro pesimismo.
―Pero es que los hombres ya no saben dónde buscar, Jordan.
Erick se giró apoyándose en el alféizar y cruzándose de brazos.
―Si hoy no tenemos noticias suyas, mandaré una partida de hombres a Asbath para que comience allí la batida.
―¿Crees que haya podido llegar tan lejos, a pie? ―preguntó incrédulo, mirándolo sorprendido.
―No lo sé. ―Resopló, atormentado por la duda―. Y llámalo corazonada o simple preocupación, pero tengo un mal presentimiento que se me anuda aquí. ―Se restregó el centro del pecho con la palma de la mano, en un gesto brusco, desesperado.
―¿Sobre qué? ―preguntó Erick con cautela.
―¿Y si no fue un accidente?
Erick se irguió y dejó caer los brazos mientras apretaba los puños contra los costados de los muslos.
―Son sólo conjeturas. ―Jordan se apresuró a decir al ver su repentino cambio de actitud―. Y yo soy desconfiado por naturaleza. No es más que una sensación.
―Pues yo he aprendido que no debemos pasar por alto esas sensaciones tuyas ―apuntó con gravedad, y Jordan asintió con cierto pesar porque no le faltaba razón―. Si al atardecer no tenemos noticias de Nicholas, habrá que considerarlo.
―De acuerdo ―concordó Jordan―. Pero queda todo un día por delante, así que, por ahora, ocupémonos del resto de asuntos.


Para Moira el tiempo parecía haberse detenido en esa cochambrosa cabaña, aquello sí que era una sorpresa… y tuvo que reprimir el gozo que la situación le producía. No porque fuera a cambiar sus planes, confiaba en que todo saliese según lo había planificado, pero cualquier sufrimiento de Nicholas era regocijo para ella, y seguro lo sería también para Hrodgar cuando tuviese conocimiento de ello a través del cuervo que le enviaría en cuanto consolara a aquel pobre hombre desvalido y sin memoria en que se había convertido el Rey Nicholas.

―Por piedad, señora ―le insistió él con justificada inquietud.

Entonces, Moira tomó una silla y se sentó al lado del camastro donde él reposaba, adoptando su bien estudiada pose antes de hablar.

―Primero de todo, tranquilizaos ―le pidió con voz reconfortante―. Habéis estado cuatro días inconsciente y estáis muy débil.

―¿Cuatro días? ―preguntó confundido, mientras se llevaba la mano al intenso dolor que pulsaba en su cabeza.

―Cuidado ―le advirtió ella, tratando de que no se tocase la venda que le cubría la herida, aunque no lo consiguió, y Nicholas cerró los ojos al sentir que una fuerte punzada lo traspasaba como un rayo fulminante.

Cuando los volvió a abrir, Moira vio cómo le lanzaba un ruego con la mirada… ¡Demonios, aquello era tan gratificante…!

―Sois el Rey Nicholas de los Lagos y Asbath, Majestad ―le dijo por fin, y Nicholas palideció más aún de lo que su débil estado le provocaba.

―¿Rey?

Su expresión se endureció al igual que su tono de voz, incluso su porte parecía haber cambiado. Era como si, aun sin recordar quién era, su espíritu de rey se hiciese presente. Moira tuvo que reconocer que se sintió un tanto cohibida ante tamaña transformación, pues había pasado de ser un hombre desamparado, al soberano que era, exudando nobleza y solemnidad.

―¿Y por qué estoy aquí? ¿Qué ha pasado? ―preguntó ahora con seriedad, incorporándose ligeramente, con sumo cuidado.

―No lo sé, Majestad ―respondió con gesto inocente―. Os encontré inconsciente a orillas de un lago, cerca de aquí. Sangrabais profusamente por la herida de la cabeza, y vuestro castillo está tan alejado que mi primer impulso fue traeros a mi cabaña y atenderos, confiando en que pronto despertaríais. Y, sin embargo…

―Han pasado cuatro días ―susurró consciente de lo que aquello suponía―. ¿Y nadie ha venido en mi busca? ―La miró receloso.

―Esta cabaña es difícil de localizar tan interna en el bosque como está ―lamentó―. Y no quería dejaros solo en vuestro estado, indefenso frente al posible ataque de algún animal o, peor aún, algún saqueador. Y gracias a los Dioses que no lo hice, pues habríais podido despertar en la soledad de esta cabaña y sumido en la confusión al no recordar nada de vuestro pasado. Porque, no recordáis nada, ¿verdad? ―tanteó, insegura, expectante.

―Me temo que no. ―Se palpó cuidadosamente las sienes―. ¿Cómo te llamas?

―Mi nombre es Moira, Majestad.

―Moira, te estoy infinitamente agradecido por haberme salvado la vida ―le concedió finalmente―, pero habrá alguien buscándome… ―titubeó―, imagino que tendré familia ―dijo a modo de pregunta.

Aquella mujer de aspecto humilde era su único nexo con la realidad en esos momentos y cualquier información que pudiera darle era muy valiosa.

―Estáis casado con la Reina Gabrielle ―le respondió ella con una lánguida sonrisa.

―Ca… casado.

Por insólito que pareciera, aquello fue lo que más le conmocionó, más que saberse herido y perdido en una recóndita cabaña en el bosque, o soberano de no uno, sino de dos reinos desconocidos para él.

Lo que realmente le hizo estremecerse de pies a cabeza fue saber que tenía una esposa, y esa sacudida se vio avivada por la imagen de una mujer que se filtró en sus más que confusos pensamientos: aquella joven de ojos grises, piel clara y cabello oscuro como la noche que había visto en sus sueños. Volvía a recordarla ahora, su llanto, rogando porque su amor regresara a ella… Tal vez esa mujer no fuera su esposa, pero alguien lo era y bien podría compartir el mismo sufrimiento que aquella deidad de sus sueños.

―Debo regresar ―anunció de forma repentina.

―Pero, Majestad, estáis demasiado débil ―le rebatió ella con toda la amabilidad que le fue posible reunir.

―No te preocupes.

Hizo ademán de levantarse, pero le fallaron las piernas, exagerando ella su intento de ayuda.

―¿Lo veis? ―recalcó, tratando de no sonar brusca―. Apenas he sido capaz de daros algo de caldo estos días ―añadió, sosegando aún más el tono.

No contaba con tanta obstinación. El paso siguiente en el plan era, ahora que había despertado, que ella saliese de la cabaña en busca de ayuda, de Douglas en realidad, quien se encargaría de dar aviso al castillo mientras ella se volcaba en él, en cuidarlo para ganarse su confianza y agradecimiento, lo que sin duda serviría para sus planes. Pero así…

―¿Cómo me trajiste hasta aquí? ―preguntó él entonces astutamente.

―Cuento con una pequeña carreta ―respondió ella, maldiciendo para sus adentros.

―Bastará con que me ayudes a llegar hasta ella ―la instó, deseando salir de ese lugar.

―Majestad…

―Te lo ruego ―exhortó con ardor.

Moira supo que ese necio era capaz de arrastrarse con tal de llegar a la carreta. No estaría mal que así fuera, pensó con divertimento, pero debería renunciar a ese placer.

―Tratad de comer algo primero, mientras que yo proveo la carreta de paja y unas mantas.

Con la caída de ese otro día de búsqueda infructuosa, Francis sentía que le dolía cada uno de los huesos de su cuerpo, y el trote del caballo hacía que se le resintieran aún más.

Se había empeñado en realizar el viaje desde Adamón sin detenerse hasta Los Lagos, decidido a llegar allí lo más pronto posible. Arribaron justo la noche anterior, y antes de que llegase el momento de unirse a la búsqueda del rey al amanecer, consiguió dormir unas pocas horas que no le otorgaron descanso alguno.

No había podido dejar de pensar en Anyan desde que se separaron… todo le recordaba a ella. El verdor de los bosques le traía las esmeraldas de sus ojos y los rayos del sol eran los reflejos dorados de sus cabellos. De noche, el brillo de las estrellas eran las lágrimas que Anyan había derramado por él… y las que él había derramado por ella.

El dolor que sentía oprimiéndole el pecho era mucho peor que el de sus huesos machacados. Le doblegaba el espíritu, el alma, y temía no volver a ser el hombre que creyó haber sido hasta que conoció a Anyan, ese hombre que se resquebrajó por dentro al verla por última vez, despidiéndolo desde aquella almena. Aún conservaba su broche con él, engarzado en la parte interior de su brigantina, cerca de su corazón, y había decidido que así sería hasta que se viera con fuerzas suficientes para intentar olvidarla.

Sin embargo, no creía que eso fuera a suceder jamás, como tampoco podría olvidar el perfume de sus cabellos o la suavidad de su piel desnuda contra la suya, el dulce temblor de su cuerpo mientras la amaba o el ardor de sus besos al entregársele. Nunca podría desprenderse de todo aquello, aunque, si era sincero consigo mismo, tampoco quería hacerlo.

Se dirigió con el resto de los hombres a las caballerizas, y ya aguardaba allí para hacerse cargo de su montura uno de los mozos, que lo miró entristecido al suponer que no habían encontrado al rey.

Otro día más sin noticias suyas. Faltaba poco para que cayera la noche, y con ella, la llegada del último grupo que había salido en su busca y que iba dirigido por Nigel. Después de eso, habría que aguardar al día siguiente para continuar y volver a adentrarse en aquellos bosques que habían recorrido una y otra vez sin hallar pista alguna.

―¡Francis! ―Notó repentinamente una mano sobre su hombro que lo obligaba a detenerse.

Un tanto aturdido se giró para encontrarse con Jordan, quien lo observaba con el ceño fruncido.

―Te estoy llamando desde que entraste en los establos.

―No te había visto ―dijo sin prestarle mucha atención, aún perdido en sus pensamientos.

―¿Qué te sucede? ―preguntó extrañado.

―¿Te parece poco lo que sucede? ―respondió con un tono demasiado brusco y del que rápidamente se arrepintió―. Discúlpame. ―Lo miró con culpabilidad―. La impotencia que siento por no poder encontrar al Rey Nicholas… me sobrepasa.

―Lo comprendo. ―Jordan palmeó su hombro―. Y te diría que a todos nos sucede lo mismo, pero me temo que no es el caso.

―No te entiendo. ―Se encogió de hombros con gesto sincero sin saber a qué se refería.

―Sé lo que te preocupa como Capitán de la Guardia de Asbath, pero esperaba que fuese mi amigo el que me contase lo que le sucede.

Francis se tomó un instante mientras sopesaba su respuesta, pero optó por darle la espalda y comenzar a atravesar el Patio de Armas en dirección al castillo.

―Estoy ocupado. ―Dio así la conversación por finalizada―. Debo informarle a la Reina Gabrielle de que…

Jordan dio un par de rápidas zancadas y se puso frente a él, cortándole el paso.

―La reina sabe perfectamente que, de haberlo hallado, ya estaría al tanto.

El joven capitán resopló, cruzándose de brazos, sabiéndose sin escapatoria, y Jordan vio en su postura encorvada y esos brazos apretados contra el pecho un mecanismo inconsciente de defensa.

―Sabes que puedes confiar en mí ―lo acicateó―. Es por aquella mujer de rubios cabellos que pertenecía a la Corte de los Reyes de Häe, ¿verdad?

Jordan observó cómo, finalmente, los brazos de Francis caían laxos a sus costados mientras apoyaba su espalda contra uno de los postes de entrenamiento. Su reserva de hacía un segundo se había transformado en derrota, y Francis sacudió la cabeza gacha varias veces a modo de afirmación.

―¿No te corresponde? ―preguntó Jordan, habiendo comprendido que iba a tener que hurgar para poder sacarle alguna palabra, pero, al parecer, había acertado al lanzar tal suposición, pues vio que reaccionaba y levantaba su rostro hacia él.

―Me tortura precisamente el hecho de que sí lo hace ―respondió con tanta tristeza en su voz que Jordan casi pudo sentir como propio el sufrimiento de su amigo.

―No lo comprendo.

―Ni yo tampoco ―negó, con los ojos llenos de una melancolía infinita―. Hubiera preferido que no me amase ―admitió―, me habría dado un motivo para arrancarla de mi corazón, incluso para odiarla si eso me hubiera ayudado a paliar este dolor que no me deja respirar. Pero ella me ama, Jordan, como ninguna otra mujer me amará jamás.

Su mirada reflejaba el mismo pesar que esa declaración tan sincera que sorprendió a Jordan profundamente.

―Reniego de ti como amigo si no le pediste que viniera contigo ―bromeó, aunque fuese lo menos apropiado, poniéndole una mano en el hombro.

―Claro que lo hice, ¿por quién me tomas? ―Sí que se rió, aunque su risa sonó triste―. Y de hecho la culpabilicé por no amarme al darme su negativa.

―Y entonces, ¿cómo estás tan seguro de que sí te ama? No entiendo…

Francis se limitó a entregarle una mirada llena de significado y que a Jordan le bastó.

―Divino Bhut, Francis… ―exclamó dando un paso atrás.

―Llevo ese amor clavado en las entrañas. ―Apretó los puños con el pesar transformado en rabia, deambulando unos pasos, perdido―. Me entregó su alma y su cuerpo, tomando los míos sin piedad, dejándome incompleto y sin la posibilidad de poder recuperar la parte de mi ser que me arrebató.

Jordan vio cómo los ojos de su amigo se velaban con un brillo acuoso de sufrimiento y desesperación, pero volvió a enfrentarlo, no quería que huyera.

―¿Y qué razón te dio entonces para no querer venir contigo?

―Te la puedo recitar palabra por palabra si quieres.

Y rescató de su mente aquella letanía que se le había quedado grabada como a fuego.

—“Tu amor no puede salvarme de mi destino ―comenzó a recitarle con voz balbuceante―. El precio que estoy pagando por amarte es muy alto, pero acabo de descubrir que no me importará hacerlo por ti. Por eso, nada de lo que hagas o digas hará que abandone este castillo. Nada.”

Tuvo que tomar aire para aliviar el dolor que le producía haberlo dicho en voz alta, mientras Jordan lo observaba perplejo.

―Amigo mío, te ruego que si ves algo de luz en esas palabras, me lo digas sin dilación.

―Algo le impide unirse a ti y cree que lo mejor para los dos es que estéis separados ―le dijo, sorprendido de que realmente no lo comprendiera.

―Eso ya lo sé ―concordó, aunque su voz delataba su desesperación―. Sé que hay algo que la frena y la obliga a alejarse de mí, pero ¿el qué?

―¿Y qué más da? ―Sacudió Jordan las manos con incredulidad―. ¿Qué demonios importa, Francis? Lo que importa es que está equivocada y tú eres el único que puede hacérselo ver. Amigo mío, sólo la Señora de la Muerte tendría el poder de separaros y, aún así, se la puede burlar, y tú has sido testigo de ello.

Francis sabía a lo que se refería. Sería imposible olvidar cómo Nicholas había arrancado a Gabrielle de las garras de Deati, aunque desgraciadamente, ahora…

―¡Jordan! ¡Francis!

Ambos se giraron hacia aquella voz que gritaba sus nombres con insistencia y vieron cómo Bruc corría hacia ellos con el rictus desencajado, sin parar de agitar los brazos y señalando tras de sí.

―¡Es el rey! ¡El rey!


Capítulo 2


 



Nicholas trató de incorporarse en la parte trasera de la carreta que se detenía frente a una larga escalinata de piedra, y que se alzaba hasta la entrada del castillo, pero esa extenuante debilidad no se lo ponía fácil, así que tuvo que esforzarse una segunda vez para conseguirlo. Algo en su interior le hacía sentirse avergonzado al presentarse en semejante estado ante su familia, aunque, en realidad, era su incapacidad para recordar lo que le provocaba esa sensación de inseguridad y frustración.

Ya sabía que tenía una esposa e imaginaba que sus padres habrían muerto si él era el soberano, pero ¿tendría hermanos? ¿Y qué sentiría por ellos? Se vio en la tesitura de tener que mostrar apego hacia unas personas que le eran del todo desconocidas, sin saber realmente cuál debía ser su actitud para con ellos, y la incertidumbre se tornó en desesperanza e inquietud. ¿Y si jamás lograba recordarlos o recordar quién era él? Porque un hombre que se desconoce a sí mismo, difícilmente podría gobernar. ¿Sería un rey magnánimo y querido por su pueblo o más bien era un déspota odiado por sus súbditos?

Por lo pronto, aquel labriego que se habían encontrado nada más acceder por el portón de la muralla, lo miró lleno de una alegría que se le antojó genuina y una emoción que le hizo correr por delante de ellos para advertir a los habitantes del castillo de su presencia. Incluso ahora, se escuchaba un animado bullicio proveniente de uno de los extremos de aquella plaza al aproximarse lo que parecía todo un regimiento de guardias, mientras que tras ellos hacían su aparición los aldeanos que los habían visto recorrer la vía principal.

Sin embargo, lo que mantuvo a su alma en vilo fueron las voces procedentes del interior del castillo, voces que clamaban por él. Lo primero que vio, apresurándose en bajar aquella escalinata, fue a una mujer y a un hombre de edad madura, seguidos de otro de cabellos cobrizos que parecía tener la misma edad que él, y a una bella joven de largos cabellos rubios. Un gran alivio lo invadió al comprobar que había felicidad en sus rostros sonrientes y llenos de lágrimas. Y entonces la vio…

Tras ellos descendía, con premura, una mujer joven, de pelo oscuro y largo hasta la cintura y cuya belleza era tal que cualquier hombre, estuviese o no en su sano juicio, se habría visto atrapado por su encanto. Aunque no fue la delicada hermosura de su rostro lo que más le conmocionó, sino su rostro en sí.

Esa bella mujer que repetía su nombre, sin cesar, era aquella hada de sus sueños, y en los pocos instantes que se sucedieron hasta que todos llegaron hasta él, su deseo por recuperar la identidad perdida se transformó en un ferviente anhelo de que ella resultase ser su esposa.

―¡Nicholas! ―Volvió a gritar ella, bañado su precioso rostro en lágrimas. En cuanto estuvo a su alcance, se empinó por encima del borde de la carreta para rodearlo con sus brazos y estrecharlo con vehemencia―. Mi amor…, mi amor…

―Entonces, ¿sois vos mi esposa? ―expresó aquel deseo en voz alta sin apenas darse cuenta, pero aquellas palabras tan lógicas para él, carecían de sentido para ella. Se separó un poco y lo miró con extrañeza.

―¿Cómo? ―inquirió, girando después su rostro hacia el caballero de mayor edad―. Trystan…

―Tranquila, Gabrielle. ―Trató de sosegarla―. Nicholas, ¿es posible que no nos recuerdes? ―demandó con voz calma.

Aún así, Nicholas no pudo evitar sentirse profundamente mortificado y se alejó de Gabrielle, asintiendo cabizbajo.

―¡Nicholas! ―exclamó de pronto otro hombre que acudía corriendo en compañía de dos guardias, pero la joven de cabellos rubios salió a su encuentro y se lanzó a sus brazos, con ojos llorosos.

―Mi hermano no nos reconoce.

―¿Qué?

Nicholas se encogió en su lado de la carreta, lleno de desasosiego y culpabilidad ante una situación que lo desbordaba y que hacía su vulnerabilidad aún más patente.

―Será mejor que nos calmemos ―intervino Gladys, haciéndose cargo de la creciente confusión―. Nicholas necesita atenciones y descanso.

―¿Tú lo encontraste? ―le preguntó Trystan a Moira, quien aguardaba impaciente a que repararan en ella. “Puñado de mentecatos…”

―Sí, Majestad ―asintió con simulada humildad, bajando de la carreta―. Lo hallé hace cuatro días en el bosque y he tratado de cuidar de él lo mejor que he sabido.

Trystan lanzó un vistazo, receloso, al vendaje que cubría la cabeza de Nicholas y después hacia Moira.

―¿Por qué no nos acompañas y nos cuentas lo sucedido? ―le pidió finalmente.

Les hizo una seña a Erick y Jordan quienes, bajo la atenta mirada de Gabrielle, hicieron descender a Nicholas de la carreta. Luego tomaron sus brazos para pasarlos por encima de sus hombros y comenzaron a ayudarle a subir los escalones. Nicholas sentía los miembros tan pesados que apenas podía hacerlo, incluso necesitó de un esfuerzo sobrehumano para mantener la cabeza erguida y no dejarse arrastrar como si fuera un fardo inerte.

―¡El rey ha vuelto! ―escuchó de pronto a su espalda, y la plaza, en la que ya no cabía ni un alfiler, se alzó en un vítor común. Aquello calmó otra de sus inquietudes; al parecer era un soberano apreciado por su gente y eso le insufló las fuerzas necesarias para seguir caminando.

―Gabrielle, acomódalo en vuestra recámara mientras Moira me pone al tanto de lo acontecido ―le pidió a la joven―. Iré dentro de un momento para revisarlo ―añadió, instando a la mujer para que lo acompañara al salón. Una vez allí, le indicó con la mano uno de los butacones―. Toma asiento.

Moira tuvo la prudencia de aguardar a que él lo hiciera primero, preparada para recitar su papel que había adquirido mucho menos protagonismo en toda aquella escena de lo que planeó en un principio. Dadas las circunstancias, suponía que la gratitud de Nicholas tendría la solidez de un puñado de monedas que no le serviría en absoluto para sus propósitos.

―En primer lugar ―habló, por fin, Trystan tras lo que había sido un exhaustivo estudio de la humilde y casi harapienta apariencia de Moira―, quiero agradecerte que le hayas salvado la vida a mi sobrino.

―Cualquiera habría hecho lo mismo en mi lugar, Majestad. ―Inclinó ella la cabeza con sumisión.

―Dudo que cualquiera ponga un vendaje con semejante maestría ―le rebatió él, echándose hacia atrás contra el respaldo, satisfecho por su respuesta―. ¿Dónde aprendiste a hacerlo?

―Mi abuela era una curandera. ―Jugó la primera carta que, bien sabía, era peligrosa lanzarle a Trystan.

―¿Tú también lo eres? ―preguntó con suspicacia.

―No, no ―negó categóricamente, irguiéndose un tanto preocupada―. No heredé don alguno, sólo el interés por las propiedades benévolas de algunas plantas, y nada comparado con vuestros conocimientos dado que, como por todos es sabido, sois el Rey Sanador ―se expresó con prudencia―. Pero, ciertamente, pensaba ganarme la vida vendiendo ungüentos y brebajes y, con un poco de suerte, establecerme en la zona.

―Vienes de otro reino ―supuso, y se inclinó hacia adelante levemente para retomar la tarea de estudiarla.

―No, Majestad. Provengo de una de las aldeas más al sur del reino y que se vio arrasada en las últimas inundaciones.

―Ya recuerdo. ―Asintió pesaroso con la cabeza.

―Perdí todo lo que tenía. ―El rostro de Moira adquirió el semblante más afligido que pudo encontrar en su repertorio―. A mi esposo, la casa en la que vivíamos… ―Exhaló un suspiro tembloroso―. Decidí venir aquí y probar suerte ya que había escuchado el rumor de que las aldeas más cercanas al castillo comenzaban a prosperar rápidamente.

―¿Y has hallado esa suerte?

―Aún no lo sé, pues no llegaba a mi destino cuando encontré al Rey Nicholas cerca de un lago, sin sentido y con una gran herida en la cabeza. ―Se señaló a sí misma en la zona que Nicholas tenía dañada―. Había hecho noche en una cabaña abandonada y oculta en el bosque que no estaba demasiado alejada y, dada la gran distancia hasta este castillo, creí que lo más conveniente era llevarlo hasta allí y tratar de moverlo lo menos posible. Ha estado inconsciente todo este tiempo y he tratado de alimentarlo como buenamente he podido y, aunque sé que debería haber advertido a alguien, no quería dejarlo solo en ese estado, indefenso ante cualquier peligro.

Trystan hizo una mueca, meditando sobre lo que Moira acababa de relatarle, así que contuvo la respiración. No le importó que se apreciase su inquietud, al contrario, posiblemente la ayudaría.

―Entiendo ―dijo él finalmente―. A pesar de todo, lo más importante es que le has salvado la vida, así que considero justo que permanezcas en el castillo hasta que mi sobrino decida cómo mostrarte su agradecimiento.

―Soy yo la que está agradecida, Majestad ―respondió con fingidas lágrimas en los ojos, arrodillándose frente a él para coger su mano y besarla.

Él le sonrió antes de levantarse y se dispuso a salir del salón mientras Moira reprimía una náusea y ocultaba una sonrisa de satisfacción…

La entrada al castillo supuso para Nicholas el preámbulo hacia un universo desconocido. Ya había caído la noche, así que aquellos corredores de piedra por los que lo llevaban estaban iluminados con antorchas ancladas a la pared y que le otorgaban cierta calidez a esos fríos muros cenicientos.

Tras lo que le pareció una eternidad, llegaron a una recámara cuya puerta ya estaba abierta. Moira había procurado que su pollino fuera lo más tranquilo posible, deteniéndose cada tanto para que sus huesos descansaran del traqueteo del camino, pero había sido algo inevitable que afectase a su depauperado cuerpo. Así que, después del viaje tan largo que había recorrido en aquella carreta, agradeció el lecho mullido en el que los dos jóvenes lo depositaron.

Tanto ellos como las dos mujeres se colocaron a los pies de la cama, mientras su hermosa esposa le acomodaba las almohadas detrás de su espalda con gesto afligido. Al cabo de unos instantes, entró aquel hombre que respondía al nombre de Trystan, portando un pequeño baúl en sus manos y que dejó en la mesita cercana, en compañía de una joven en avanzado estado de gestación, que se abrazó al hombre de cabellos cobrizos, con semblante triste. Luego, la mujer de mayor edad se acercó a Trystan, y Gabrielle se sentó en el borde de la cama, casi a sus pies.

―Revisemos esa herida ―dijo él entonces, llevando sus manos hacia el vendaje de su cabeza, pero Nicholas, de modo inconsciente, hizo ademán de apartarse, desconfiando.

Rápidamente, esa desconfianza se tornó en confusión y culpa. Esas personas no habían hecho más que mostrar su preocupación por él, pero Trystan alzó las manos, retirándose un paso para tranquilizarlo, y decidió esperar un poco hasta intentar revisarlo de nuevo.

―¿Podrías decirme qué es lo que recuerdas? ―le preguntó calmadamente.

Nicholas suspiró hondamente antes de responder, en un último intento de alcanzar milagrosamente la memoria perdida.

―Nada ―respondió, finalmente, con pesar mientras se detenía una por una en todas esas caras que lo miraban con esperanza, como si su rostro fuera a ser el elegido que le hiciera salir de las tinieblas.

―No fuerces tu mente ―le recomendó Trystan.

Pero él continuaba escudriñando en cada uno de sus rasgos, tratando de encontrar algo familiar en ellos. Necesitaba saber quiénes eran esas personas que lo miraban con cariño, y el tipo de afecto que le unía a ellos.

Sobre todo se detuvo en el rostro de Gabrielle. De todos ellos, era a su esposa a la que más deseaba reconocer, queriendo averiguar así si el fuerte palpitar que golpeaba en ese instante su pecho era reflejo del sentimiento que le unía a ella y que vivía en él, aunque no se acordase de ella, o si simplemente era fruto de la impotencia y la confusión.

―¿No… me recuerdas? ―le preguntó ella entonces con cautela.

―Me temo que no ―respondió con gran pesadumbre.

Ella se llevó la mano a la boca, ahogando un sollozo que consiguió contener, a excepción de unas lágrimas que escaparon hacia sus mejillas.

―Ella es tu esposa y se llama Gabrielle ―le dijo Trystan.

Nicholas fijó su mirada aún más en ella…

“Sí, mi esposa.”

―Tenéis un bebé de pocas semanas llamado Ilsïk, y que duerme plácidamente en la otra recámara. ―Lo vio señalar una puerta, al fondo de la habitación, que estaba abierta.

―¿Tenemos un hijo? ―le preguntó Nicholas a una acongojada Gabrielle, quien se limitó a asentir. Seguía allí sentada, a los pies de la cama y con los brazos encogidos contra su regazo.

Nicholas cerró los ojos y negó con culpabilidad.

―No lo recuerdo tampoco.

―No debes angustiarte. ―Trató de sosegarlo Trystan.

―Estás entre gente que te quiere. ―Lo miró con dulzura la mujer que estaba a su lado―. Me llamo Gladys, y soy tu tía y la esposa de Trystan. ―Acarició con suavidad maternal su mejilla―. Él es nuestro hijo Erick y ella es Claire, su esposa. ―Señaló a la pareja y mirando a los que quedaban por presentar, dijo―: ella es tu hermana Agatha y él su esposo, Jordan.

―Mi hermana ―susurró, dirigiendo su mirada hacia ella, y de nuevo hacia todos los demás, sin hallar la mínima luz que condujese su memoria hasta ellos.

Pero cuando vio que sus rostros volvían a iluminarse, invadidos otra vez por la esperanza de que los hubiera reconocido, cerró los ojos y bajó el rostro, negando con la cabeza lleno de pesar.

―Creo que, por el momento, ya hemos saciado tu curiosidad más que suficiente. ―Le sonrió Trystan―. Aunque debería darte un dato más. Tengo un amplio conocimiento acerca de las Artes Curativas, así que me gustaría revisar tu herida.

―Está bien ―consintió al fin, y ya no sólo por aquella información con la que trataba de tranquilizarlo, sino que era su voz lo que le inspiraba confianza.

Trystan, con mucho cuidado y ayudado por Gladys, retiró la venda que cubría una gran herida situada por encima de la sien izquierda. Un murmullo de inquietud se alzó en la habitación por parte de las jóvenes, pero Trystan les lanzó una mirada que las instaba a sosegarse. La herida comenzaba a cicatrizar y, a pesar de su mal aspecto, no había signos de infección.

―Moira ha hecho un buen trabajo. ―Tuvo que reconocer.

―¿Dónde está? ―preguntó Nicholas con gesto culpable al haberse olvidado de ella.

―Le he pedido que permanezca en el castillo ―le informó Trystan.

―Gracias. Se ha portado muy bien conmigo y no sé cómo agradecerle que...

―No te inquietes. ―Apretó su mano Gladys―. Procuraré que se sienta cómoda aquí, mientras que tú decides qué hacer.

―Deberías tomarte en serio lo de mantenerte tranquilo ―le recomendó su tío, volviendo a cubrir su herida con una venda limpia―. Tu pérdida de memoria se debe al golpe que has recibido y es muy probable que sólo sea cuestión de tiempo que vuelvas a recordar.

―¿Cuánto tiempo? ―preguntó con impaciencia.

Trystan rió quedamente y el tenso ambiente que reinaba en la estancia, se relajó.

―Habrás perdido la memoria, pero sigues siendo el mismo. Tan mal paciente como de costumbre.

Nicholas exhaló pesadamente. Gladys le había aclarado quiénes eran ellos, pero no le había explicado quién era él.

―Ahora deberías descansar ―añadió Trystan―, así que será mejor que nos retiremos ―se dirigió ahora a los demás.

Todos asintieron con la intención de obedecerle y uno por uno se fueron despidiendo de él, ya fuera con una mirada o una palabra cariñosa, pero de pronto vio que Gabrielle también se levantaba de la cama, y no pudo evitar sobresaltarse.

―¿Vos también os marcháis, mi señora?

Gabrielle dejó escapar un lastimoso quejido mientras las lágrimas retornaban a sus ojos, aunque ella trataba de enjugarlas rápidamente con sus manos. Y Nicholas sintió una punzada de culpabilidad en su pecho al causarle tal tristeza, mas sin saber qué la provocaba, si sus palabras o...

―Al principio de conocernos, me llamabas así ―le explicó ella por fin, acercándose a él lentamente.

―Lamento mucho haberos disgustado ―dijo él cabizbajo―. No sé qué me ha impulsado a llamaros de ese modo.

―No me disgusta. ―Gabrielle no pudo hacer otra cosa más que sonreír―. Ya en aquel entonces te amaba.

―Y… ―titubeó ante aquella tibieza que invadía su interior―, ¿aún lo seguís haciendo?

Gabrielle no contestó. Alargó una mano, con movimientos cautelosos hacia él, hacia su rostro, temiendo que no aceptase de buen grado la caricia de la mujer desconocida en la que se había convertido, pero Nicholas esperaba esa caricia, deseoso de descubrir qué sentiría ante su contacto.

Una estremecedora calidez pareció expandirse hasta su pecho desde aquellos suaves dedos que tocaban su rostro con sobrecogedora ternura. Tal vez Gabrielle había sido borrada de su mente, pero algo en su corazón la reconocía como parte de él. Cerró los ojos un instante y se embriagó de aquella paz que le otorgaba con tan pequeño gesto.

―Discúlpame ―se lamentó ahora ella, apartando su mano de él, como si quemara―. He de hacerme a la idea de que para ti es como si me vieras por primera vez.

―No lo es ―dijo de pronto, aunque se arrepintió antes de terminar de hacerlo.

―¿No lo es?

―Yo… ―Vaciló ante el riesgo de parecer un demente―. Yo os he visto en un sueño ―murmuró inseguro.

―¿En un sueño? ―lo incitó ella a continuar, buscando sus ojos con los suyos, y Nicholas reparó por primera vez en que su mirada era de plata brillante, como lo había sido en su ensoñación.

―Eran vuestros mismos ojos, vuestro mismo cabello, vuestro mismo rostro…, aunque estaba bañado en lágrimas, que ahora entiendo eran por mi culpa. ―Suspiró abatido―. Mas en vuestro llanto seguíais luciendo hermosa, con vuestro pelo negro cayendo sobre un precioso vestido celeste, vaporoso… casi etéreo y que os otorgaba un halo divino, a la vez que mágico, como una Oona recién salida de una bella fantasía.

―Oona ―musitó ella con el corazón encogido y las lágrimas recorriendo de nuevo sus mejillas, provocando que ocultara su rostro de él y le diera la espalda, y Nicholas se dio cuenta al instante de su grave error.

Tal vez hubo un tiempo en el que él le profesaba un amor infinito e indestructible a su esposa, tal vez…, pero, ahora, ese sentimiento, si bien pudiera no haber desaparecido, permanecía aletargado en algún lugar remoto de su interior, impidiéndole corresponderla del modo que ella esperaba y merecía.

―Lo siento, mi señora, no tengo derecho a hablaros así ―se disculpó de inmediato, irguiéndose en el lecho―. Vos seguís viendo a vuestro esposo en mí, mientras que…

―Yo no soy más que un anhelo, una ilusión de lo que desearías que fuera ―concluyó ella, haciéndose eco de sus pensamientos.

―Trystan dijo que era cuestión de tiempo ―le recordó a modo de consuelo y ella se giró hacia él, con esa mirada en sus ojos de plata que le decía que el consuelo no era tal.

―Y mientras tanto te tendré tan cerca y a la vez tan distante ―lamentó ella después con tristeza―. Lo siento, ahora soy yo la que no debería haberse expresado así. ―Bajó la vista hacia sus manos cuyos dedos jugueteaban, inquietos.

Nicholas sintió deseos de tomar su barbilla y alzar su rostro, acariciar la suavidad de su piel y enjugar sus lágrimas, pero se contuvo al no sentirse con el derecho de echar a volar de nuevo las esperanzas de la joven, aunque tampoco pudo ocultar su propia lucha interna y la impotencia que ella pareció saber leer en sus ojos.

―Mi señora ―murmuró, bajando su vista, mortificado―, yo…

―Permíteme que te cuente algo ―dijo, captando toda la atención de Nicholas con su cambio de actitud, pues incluso había dado un paso hacia él―. Cuando nos casamos ―comenzó a decirle con un sosiego que no había visto en ella hasta ahora―, no éramos más que un par de desconocidos llevados a un matrimonio pactado.

Nicholas hizo ademán de decir algo, pero Gabrielle alzó una de sus manos como una petición para que la dejase continuar. Luego, se sentó en el lateral de la cama, necesitando la cercanía de su esposo.

―Aún pudiendo haberlo hecho, nunca me exigiste más atenciones de las que yo estaba dispuesta a brindarte, ni hiciste valer tus derechos como esposo contra mis deseos, ni en nuestra noche de bodas ni en las noches siguientes. Y no sólo me concediste mi propio espacio, que jamás te permitiste invadir. ―Señaló entonces aquella puerta al fondo de la estancia antes de continuar―, sino que me obsequiaste con el único presente que tenía valor para mí en aquellos entonces: todo tu tiempo ―declaró, no pudiendo ocultar él su asombro―. Tiempo para aceptarte como esposo, tiempo para permitirte que me amaras… y tiempo para que yo llegase a amarte.

Una dulce y leve sonrisa se dibujó en labios de Gabrielle al rememorar aquellos tiempos, y que le hizo a Nicholas imaginar la belleza de aquel recuerdo. Habría dado la mitad de su vida por poder disfrutar de él.

―Eso mismo es lo que te concederé yo ahora ―le anunció ella―. No exigiré caricias que sé que no estarías dispuesto a ofrecerme, ni afectos que serían poco menos que forzados por tu parte, ni te buscaré como esposo mientras tú no me consideres tu esposa. Volveré a ocupar esa recámara hasta que tú decidas lo contrario. ―Le sonrió con sincera resignación―. Así que, os deseo buena noche, mi señor.

Con una última sonrisa, Gabrielle se dirigió hacia aquella puerta y desapareció, cerrándola tras de sí. Nicholas debería haberse sentido liberado, agradecido como mínimo por la generosa comprensión y sorprendente renuncia de su esposa. ¡Su esposa!

Y un punzante resquemor en su interior le hizo preguntarse si no habría de lamentar el hecho de permitirle que dejara de actuar como tal.

2 comentarios:

  1. Felicidades por la nueva sección y por el nuevo libro que ya casi está aquí. Besos.

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  2. Hola de nuevo.
    Estoy deseando leer el libro, la verdad es que el segundo capitulo te deja con muy mal sabor de boca. Es penoso lo que tiene que hacer Gabriel y me da la impresión de que ha sido una decisión equivocada pero..es la única que podía tomar. Espero que Nicolas recupere pronto la memoria ya que tienen una dura batalla que lidiar y el amor sera el mejor aliado para ganar.
    El boktrailer me ha puesto los pelos de punta con eso del amor malogrado ¿quienes serán? y ese bebé que tal vez no nazca que asumo que será el de Claire y Eric asi que...ya me estoy mordiendo las uñas.

    Besos

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